Despertar con una vaga sensación de que hay un mensaje escondido para mi, de ella para mi, quizás entre la funda y la almohada o en el espacio entre el colchón y el muro… Pero no, la verdad es que más bien es un papelito que dejó en mi billetera.
Y así, siendo tiernamente iluso, se procede a dar vuelta por completo su contenido, con los ojos todavía enlagañados y entrecerrados, con la nariz seca e incómoda, con una luz violenta que no deja ver muy bien, con un sopor injustificado porque en contra de todo pronóstico se durmió más de lo esperado (inercia, principio universal), con un calor que a veces es abrigo y a veces ahogo. Obiamente no había nada, pero la expectativa no tenía por qué hacerse realidad, la cosa no es tan simple y está bastante bueno que no lo sea, así es más entretenido, porque más bien ese señuelo onírico puede estar apuntando hacia otra parte, tener otro propósito que quizás sea lisa y llanamente el de resistirse al esclarecimiento, algo así como los sueños de Lucas:
“Pero no, entonces el sueño es para que los leopardos continúen su espiral interminable y solamente le dejen un asomo de claro de selva, una forma acurrucada, un olor estancándose. Su ineficacia es un castigo, un adelanto del infierno (…)”.
La certeza es quisquillosa, o uno es quisquilloso con la certeza. ¿Me gusta lo suficiente?, ¿Pregunta válida o pregunta neurótica?, ¿Universal o rollo personal?. Lo cierto es que me gustaron sus dedos finos y cómo contrastaban con su boca amplia poblada de grandes dientes. Lo maravilloso es lo inquietante de reconocer en su presencia frente a mi una especie de acuarela brumosa, en la que se combinan colores y texturas ya conocidas (si es que tan gruesa palabra sirve para explicarlo), situación que me recuerda a una cierta carta a dos desconocidas que dice algo más o menos así:
“No me acuerdo de la primera vez. ¿Naciste conmigo o ese primer encuentro es tan lejano que tuvo tiempo de madurar en mi interior y fundirse a mi ser? Disuelta en mí mismo, nada me permitía distinguirte del resto de mí, recordarle, reconocerte (…) todo, en fin, lo que me enseña que no soy sino una ausencia que se despeña, me revelaba —¿cómo decirlo?— tu presencia. Me habitabas como esas arenillas impalpables que se deslizan en un mecanismo delicado y que, si no impiden su marcha, la trastornan hasta corroer todo el engranaje.”.
¿Qué se necesita para enterrar una encarnación tuya?
¿Cuáles y cuantos son los ritos a realizar?
¿Es cierto que el símbolo sirve para poseer y exorcisar?
¿Cómo me libro de tu decantado para que no influya?
Naturalmente, preguntas que sólo se pueden ir respondiendo por sí solas, todas ellas son como pedazos desordenados del cuerpo de un ser agazapado ante la expectativa del encuentro telúrico con tus avatares del pasado; el más reciente el más potente el más relevante el más desconcertante el más intoxicante.
Escribir entonces es sintomático (el árbol por la hoja), entendido la palabra como la confluencia de dos tendencias que resultan ser contradictorias en su ejercicio:
- Déjame vivir tranquilo para volver a encontrarte en otra cáscara
- Conviértete en letras para quedarme con algo tuyo que me ayude a esperarte
Pero ni uno ni dos resuelven otro problema: dícese de la violencia inherente a intentar extraerte desde los vestigios que otra pobre mujer, sin saberlo, ofrece como vías para tu retorno… Tu implacable retorno. Ahora pienso en la pobre Talita a las manos del extraviado Oliveira que, tal como me sucede, sólo encuentra el centro cuando “la” encuentra:
“Nunca lo había visto sonreír así, desventuradamente y a la vez con toda la cara abierta y de frente, sin la ironía habitual, aceptando alguna cosa que debía llegarle desde el centro de la vida, desde ese otro pozo, acercándose a ella en el acto de aceptar esa cosa innominable que lo hacía sonreír. Y tampoco su beso era para ella, no ocurría allí (…) Se estaban como alcanzando desde otra parte, con otra parte de sí mismos, y no era de ellos que se trataba, como si estuvieran pagando o cobrando algo por otros, como si fueran los golems de un encuentro imposible entre sus dueños.”
Y unos cuantos párrafos más adelante, Talita le explica a su novio Manú lo sucedido:
“Cree que está muerta, Manú, y al mismo tiempo la siente cerca y esta noche fui yo. Me dijo que también la había visto en el barco, y debajo del puente en la avenida San Martín… No lo dice como si hablara de una alucinación, y tampoco pretende que le creas. Lo dice, nomás, y es verdad, es algo que está ahí. Cuando cerró la heladera y yo tuve miedo y dije no sé qué, me empezó a mirar y era a la otra que miraba. Yo no soy el zombie de nadie, Manú, no quiero ser el zombie de nadie.”
No quiero ser el zombie de nadie, no quiero que nadie sea mi zombie, pero no parece haber alternativa, ¿cierto? Uno habla con distintas voces a distintas personas y luego, si es inquieto, se pregunta si es que existe tal cosa como una “verdadera voz”. Este tema del zombie, ¿no es lo que le sucede a toda guagua en los brazos de su madre? La violencia aplastante del deseo del Otro es tan omnipresente que llega a ser un campo muy sutil, tal como en el aforismo oriental del pez que busca el mar.
Entonces la pregunta sobre si tal o cual boceto que comienza a rellenarse involucra suficiente deseo no es trivial. Al final, para estar emparejado hay que aprender a bailar: una constante exploración y ajuste, el complicado equilibrio entre renuncia y compromiso.
Hay que ser cuidadoso con la intención de invocar lo deseado en otro ser que se resiste o no es capaz de darle soporte, ahí es donde abre la grieta que constata la insoslayable distancia, grieta traumática. Aprieta + grita = grieta. Y de la grieta aparece el solipsismo, la sospecha del axolotl que no puede ir más allá de una expectativa sin realización, y de ahí la condena: Uno nace completamente solo y se muere completamente solo. La señora vudú le dice al Obeah man en su lecho de muerte:
“It nice it happen to you. Like you come to the island and had a holiday. Sun didn’t burn you red-red, just brown. You sleep and no mosquito eat you. But the truth is, it bound to happen if you stay long enough. So take that nice picture you got in your head home with you, but don’t be fooled. We lonely here mostly too. If we lucky, maybe, we got some nice pictures to take with us.“
Y entonces la decepción, la resignación y los malos augurios… ¿Será cierto que al final de todo lo único que tendremos serán bonitos recuerdos?, ¿De qué se nutre la muerte satisfecha? La ilusión no es mentira, la ilusión es la base del arte y se relaciona con la capacidad de crear y no someterse. El amor es el no sometimiento a la idea de la muerte implacable gracias a la oportunidad de engañarse recíprocamente con una temporalidad completamente distinta, con momentos eternos, con miradas únicas. Con ustedes, la Maga y Horacio:
“Y sobrevino un diálogo memorable, absolutamente recubierto de malentendidos, de desajustes que se resolvían en vagos silencios, hasta que las manos empezaron a tallar, era dulce acariciarse las manos mirándose y sonriendo, encendíamos los Gauloises el uno en el pucho del otro, nos frotábamos con los ojos, estábamos tan de acuerdo en todo que era una vergüenza (…) Al despedirnos éramos como dos chicos que se han hecho estrepitosamente amigos en una fiesta de cumpleaños y se siguen mirando mientras los padres los tiran de la mano y los arrastran, y es un dolor dulce y una esperanza.”
Y entonces uno tiene la opción, al menos si es que logra llegar al punto de plantearsela como tal (no siempre hay claridad con estos asuntos pre-empíricos), de resignarse a la lógica fatídica o ilusionarse con la posibilidad de crear una solución alternativa, acorde a sus necesidades y anhelos. No siempre es fácil mantener el terreno, la muerte acecha a la vuelta de la esquina, pero lo que sí es innegable, quizás incluso axiomático, son las palabras de tránsito que Bill Parrish le dedica a la Muerte, un testimonio de su experiencia:
“-It’s hard to let go, isn’t it?
-Yes it is, Bill.
-And that’s life… what can I tell you.”