Collage Cultural

"No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo." Oscar Wilde

IX

Cada persona tiene la capacidad de juguetear con los rostros que le salen al encuentro, de inventarles un personaje y relacionarse con ellos de la manera que corresponda o plazca, aunque sea dentro en la cabeza de cada quién. Así es como uno se entretiene en la deriva urbana: en el metro, en la micro, en la vereda, en los banquillos, en el cajero, sobre un árbol y detrás del carro del supermercado.

Pero digamos que es cierto, que no siempre se puede, que hay días en que el caricaturista se fue de parranda, está malhumorado por la censura de la línea editorial, o en huelga por que se rehúsa a trabajar en una oficina fría, temblorosa y poco confiable. Entonces uno se deja replicar por una trama tediosa, con sabor a pelusa, con escaso brillo escénico, y así se está condenado irremediablemente a desdibujarse contra el fondo, a formar parte del paisaje y contribuir a la depreciación comercial del Mahatman dentro del forum de los entes cósmicos.

Lo realmente lamentable, sin embargo, es aquel estado del ser en que el creativo jubiló o fue asesinado por los gerentes de la corporación… La mayoría de las veces esto sucede por una histérica preocupación por matemáticas poco serias, bajos rendimientos y tablas de Excel que no cuadran. Cuando esto sucede deja de haber un circo itinerante en los desfiles cotidianos y el complejo contrapunto se reduce a una mísera sucesión de notas despojadas de melodía.

Afortunadamente, los filósofos de nuestra época, en trabajo conjunto con los pescadores de Talcahuano y el gremio de educadoras de párvulos, han revelado la cura al grisáceo panorama. Dicho tratamiento es, a decir verdad, bien poco específico –como para exasperar a los famas[1]- e involucra el contacto microbiano con los pequeños humanos, esos reservorios de… Una vez establecida una socialización rudimentaria, se debe proceder a imitar completamente todo lo que el niño (o niña) haga, para luego dejar abiertas las posibilidades del espíritu.

Este procedimiento, sin embargo, sólo alcanza un 13% de éxito… ¡Quizás la neurosis es más fuerte!

Como se ve, el asunto es complicado, con mayor razón cuando se reconoce que la condición es un síndrome y como tal no tiene una causa específica; más bien es necesario un cuidadoso estudio de los motivos de la desaparición del susodicho homúnculo, al estilo Mary Shelley, para luego actuar acorde a las pistas y dar con su paradero. Es importante no olvidar también que es necesario actuar con delicadeza, porque a veces sucede que al pobrecito no lo han raptado, sino que se escapa aterrado de las voces que lo invocan para des…

 

¡ESPEREN… PAUSA!

…Me he extraviado

 


[1] “Los famas para conservar sus recuerdos pasan a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra una pared de la sala, con un cartelito que dice ‘Excursión a Quilmes’, o: ‘Frank Sinatra’.”  (Historias de Cronopios y Famas / J. Cortázar).

X

Ahí, parados pero en realidad tirados, dos cuerpos frente a la pantalla se debaten en un principio sobre cosas que realmente no tienen importancia. Uno de ellos moviendo el puntero, excavando enlaces, sintonizando con la liturgia emergente del postmodernismo que se avecina para los siglos venideros pero que ya nos tiene imbéciles por desorientados. The paradox of choice. Se puede hablar de ello, pero “Ello” no recede sino que se ensancha cada vez más: epidemia, neurona, música electrónica, géneros, constante de Hubble, expansión y congelamiento del universo que por alguna razón da para tanta futilidad (mira la cursilería del ser humano que se preocupa por el cambio de fase del sol mientras sigue inerme ante el conglomerado de basuras que tiene atrapadas en su propio microcosmos). The paradox of science. Eso no les impide servirse otro más, tres hielos, pisco y coca cola; siguen palpitando.

Se incorpora con algo en su mano, le parece adecuado:

“Un libro anti-pintoresco, anti-folklórico, anti-flamenco. Donde no hay ni una chaquetilla corta ni un traje de torero, ni un sombrero plano, ni una pandereta, donde las figuras sirven a fondos milenarios y donde no hay más que un solo personaje que es la Pena que se filtra en el tuétano de los huesos y en la savia de los árboles, y que no tiene nada que ver con la melancolía ni con la nostalgia ni con ninguna aflicción o dolencia de ánimo, que es un sentimiento más celeste que terrestre; pena andaluza que es una lucha de la inteligencia amorosa con el misterio que la rodea y no puede comprender”.[1]

-Es eso, es la nausea, es la eterna posibilidad de caminos sin explorar, la diplopia congénita, multiplopia, megaplopia…- Yo creo que esto de Sandra te tiene mal- Sí… Pero no es Sandra, ya lo hemos hablado, nos entendemos, el contenido es contingente, el continente es lo único relevante pero aún así se escapa de las manos [Give up the Ghost sonando]… Estamos cagados!

Se desploma suavemente sobre el piso, repentinamente abrumado a pesar de que estas conversaciones difícilmente pueden tener otro destino. Derrama un poco sobre su pantalón y se seca con la mano. Se miran y no pueden evitar reirse. Siguen palpitando.

-”Don’t hurt me”… Nos están agarrando pal weveo!- más risas, ahora más fuerte, se dirigen hacia un silencio mientras la música sigue, se miran a los ojos y la ven pasar como un holograma, la Pena de Lorca, y por un momento ambos sienten que es lo más real que existe.

Son dos personajes como cualquiera, sus caras intercambiables, sus vidas prescindibles, su existencia… Imposible decir. Y por qué no pasar a hablar las cosas con claridad (uff!) y revelar al Mago de Oz en las historias que se cuenta, estrategia de todo ser humano para salvarse con un poco de mirada, un poco de cariño, un poco de amor, sólo el suficiente para engañarse y ojalá en cantidades que den para ilusionarse.

Ahí el otro le responde:

“Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.”[2]

-Mmmm

-Y luego el miedo de que todo se deshaga con los años… Cómo es posible que nos sea tan difícil ser felices? Hace cien años papá es papá, mamá es mamá y así no ma’ era la weaa! Estamos hechos unos mamones!

-Mmmm

-Qué hacer con el amor?

-………..

Sale el humo que poco a poco ha colonizado la pequeña habitación, lugar escasamente digno de divagaciones de este tipo, pero quizás por esto mismo llega a ser el más idóneo. 3:38 am en el Club de la Serpiente. Todo se mezcla, todo se revela, y queda solo frente al teclado golpeteando letras, ficcionando un diálogo para digerir lo irresoluble, pegarse cabezazos contra el vacío es mucho más desesperante que romperse la frente, la piedra garantiza el contacto, el dolor es piso firme, pero la Pena… Ay la Pena!

Aún así siguen palpitando.


[1] Comentario de García Lorca sobre su Romancero Gitano.

[2] Rayuela.

Los craneos molidos

El aire está espeso después de la actividad, la luz es la del crepúsculo temprano, la calle está polvorienta y los gritos y amenazas comienzan a transformarse en jadeos. La tonalidad cambia. Arturo, con las rodillas peladas y la frente mojada, aprieta la pelota contra su pecho, unas manchas blancas y negras que tantas historias han contado para tantas personas en este mundo se mueven al ritmo de su corazón con una intensidad inusual.

La verdad no está tranquilo, se podría decir que hay algo que le pica, hasta que le molesta, y que gira en torno de Felipe, ese niño que hace poco ha llegado al barrio. Vive en aquella casa verde misteriosa, a la vuelta de la única esquina de la calle que vale la pena, esa que tiene el perfecto pedazo de pasto y que a fuerza de costumbre y conveniencia se ha convertido en el lugar idóneo para contar las escondidas. Su familia es algo extraña, viene de otra ciudad, una más grande, y no se decide todavía a entender que es bien probable que lo que detecta como fuera de lo común se deba simplemente a eso, a un barrio distinto, a un colegio distinto y a tanto-tinto que no es más que entendible que le genere una cierta perplejidad. Son sus costumbres -y cuando se dice sus se dice de la familia completa- las que lo alejan de lo que puede digerir… Cómo es eso de que todos lo Domingos la iglesia?. Su hermana mayor, Laura, le provoca una mezcla empalagosa de sentimientos que todavía no está preparado para discernir, intuye que en gran parte la responsabilidad es de sus pechos, faros que le anuncia un mundo que se le avecina y que le provoca ansiedad. No son los primeros pechos que ha visto y no hay explicación para resolver el por qué estos en particular lo confunden y excitan, quizás porque es tan cercana, quizás por ese vidrio invisible que la saca de su alcance, quizás porque los Domingos y la iglesia, bah…

Julia y Loreto abren un chicle y lo comparten, Diego se queda mirando con una cara que evidentemente es de reivindicación contra la injusticia (Diego y Loreto son hermanos). “Pero… Yo también quería!”. Las niñas se ríen y él no sabe si ceder ante la tentación de trivializar el asunto y volver a lo suyo o quedarse indignado ante la desconsideración de Loreto, que ya se está volviendo algo más común de lo que puede llegar a tolerar… Todo esto desaparece cuando Felipe lo sorprende desde atrás subiéndose en sus hombros.

Arturo, frente a este gesto, se siente una vez más pasado a llevar. A esta edad poco importan las razones suficientes y los principios, el cuerpo es el que dicta la acción con su sapiencia filogenética, poco importa que los demás no comprendan las razones de su rechazo. “Felipe es seco pa escalar” le ha dicho Diego, “Las onces en la casa de Felipe son increíbles” comenta Pato… “Me cago en su cara” siente Arturo.

No es de perogrullo que, aunque no recuerde, haya ya soñado cómo Felipe asistía a un almuerzo familiar en la casa de la Teté y le quitaba las palabras que ella tan atentamente le dirige. Las palabras cariñosas y el plato decorado que le corresponde históricamente le ha sido arrebatado y Felipe se comporta tan acorde a la situación… Maldito niño perfecto!

Diego, que es particularmente atento y sensible, después de la conmoción, los dolores y esfuerzos milimétricos, capta perfectamente la expresión de Arturo y muy disimulado acomoda su cuerpo para que Felipe no tenga otra opción que bajarse de encima. Ha sido amigo de Arturo desde que tiene recuerdo disponible y no está dispuesto a arriesgar rencores, nunca ha sabido bien qué hacer con ellos. Felipe cae en sus pies elegantemente y rie, se acerca a Arturo y le pide el balón, Arturo lo mira desafiante y una vez más aparece esa tensión que cada vez estaba haciéndose más consciente para el grupo y que no podía significar nada más que problemas.

El universo de los niños es frágil, pero a la vez tan increíblemente fantasioso que son capaces de rellenar los agujeros con margaritas, panqueques, estrellas o mortadela. Hay tanto que se pierde con la renuncia al juego, tantas formas de manejarse que se pierden entre fotografías, recuerdos y vestigios de relaciones; tanta herencia presente que… Un golpe y un ruido sordo.

“Qué es lo que te pasa, tarado!”, de a poco el lenguaje adulto aparece entre los niños. Julia corre hacia la pequeña polvareda que se levanta en torno al bulto quejumbroso. Arturo no sabe qué decir, hay un entumecimiento general que le afecta hasta el pensamiento, simplemente sigue parado ahí mientras sin darse cuenta suelta el balón y balbucea. La situación le exige decir algo, pero no hay nada que realmente quiera decir, el imbécil se lo merecía, así que se queda tal como está mientras Felipe se incorpora en un codo y lo mira desde el suelo sobándose la mejilla con el otro brazo. Él golpe lo sorprendió y todavía no atinaba con el motivo que explicara por qué debía él estar sangrando adolorido si desde que llegó -hace dos meses ya- sólo había querido hacerlo lo mejor posible para no sentir tan duro el impacto de haber cambiado de vida, y sentía que lo estaba logrando, sentía cuando se acostaba que la vida (cosa nebulosa para un niño de tan poca historia) era tal como su mamá le decía, y que si uno es bueno y atento con las personas entonces no tendría nada que temer… “Amigos se hacen en todas partes” le decía, pero a él le costaba mucho creer.

“Felipe, a comeeeeer!” gritaba Laura desde el balcón, en el palafito verde. El sonido, que le llegaba por la espalda, le pesaba a Arturo como una sentencia. Todo estaba enredado y lo único que captaba era un tufillo a equivocación, una nube invisible que le nublaba la vista y lo hacía temer. Moviéndose con una calma que no reflejaba para nada lo que sentía, recogió la pelota que descansaba en la cuneta y se fue a su casa para no volver a salir en toda la noche.

Y después de comer y no hablar una palabra de lo sucedido con su familia que, como de costumbre, prácticamente gritaban sobre la mesa, Arturo mira fijamente los ojos de su reflejo en el espejo mientras se lava los dientes, tal como lo ha hecho muchas veces, practicando una mirada intimidatoria que le confirmara el poder que deseaba tener, sólo que ahora no era un ensayo, no era un juego, Arturo se miraba con rabia y el cepillo dañaba su boca voluntariamente, arengando su odio.

Otra cosa que naufraga en el pasado: el odio, los cráneos triturados, los peluches mordidos y las paredes rayadas. Los alaridos, las pataletas, las piedras lanzadas y los golpes a lo que se cruce sin explicación póstuma. Arturo ebullía y esa noche soñó con muerte, soñó que ahorcaba a Felipe con sus propias manos.

Los implicados terminaron siendo mejores amigos, pero los cuervos comeojos siguen rondando las noches de Arturo, tal como las de cualquier niño que quiere ser bueno y debe exorcizar a sus demonios para poder vivir suficientemente feliz, para encontrar a sus Lauras y no dañarlas con deseos de placentero sadismo, inseparable del sexo intenso y condimento perfecto para un amor duradero.

 

XXIII

Nos vamos a volver a ver? Nos queremos volver a ver? Si queremos estar juntos vamos a estar juntos! Ojalá fuera así de simple, aunque quizás sí lo es y nos estamos salvando, como me dijiste esa vez, salvándose de una vida desordenada e intensa, en donde los dolores son nauseabundos y las alegrías brillantes. No es sencillo, el amor nunca lo es, no crees?

Tu ausencia burbujea como la vida misma y yo me tengo que debatir entre saborear la nostalgia, fría como puñal, y aceptar el olvido, frío como decepción… Ese es el dilema. Haciéndome el loco cuando puedo, cayendo abatido cuando no. Mis amigos me miran y se apiadan, hacen lo posible por acompañarme, pero creo que eso sólo lo hace más difícil porque es constatar una vez más que el dolor uno se lo mama solo.

Un dilema es un problema que puede resolverse mediante dos soluciones, ninguna de las cuales es completamente aceptable. Hasta el momento lo único que he podido hacer es dejarme arrastrar por el tiempo y dejar que te conviertas en un símbolo que huele peligrosamente a recuerdo y fantasía, una brasa escondida detrás de una capa de ceniza, perfectamente capaz tanto de apagarse tranquilamente como de desencadenar el más terrible de los incendios. Hasta el momento sólo quiero mantener la brasa tal cual y esperar en una posición que va a terminar por llenarme de calambres el alma, dejarme entre dos planos, vivir un poco muerto, pagar el precio que debe ser pagado, dejar la deuda pendiente a ver si alguna vez logr(am)o(s) activar una vez más el circuito interrumpido del encuentro con una tibieza que está siempre esperando, que sólo espera tierra fértil y disposición… Ambas cosas no coinciden tan a menudo como para dejar que la brasa se apague.

Acepto entonces caminar goteando sangre y buscar repetir ese amanecer, pasar frío para encontrar la tibieza ahí donde sé que la encontraré si la tierra sigue fértil y las manos dispuestas.

La experiencia de no poder amar: Todavía te debo un helado…