El aire está espeso después de la actividad, la luz es la del crepúsculo temprano, la calle está polvorienta y los gritos y amenazas comienzan a transformarse en jadeos. La tonalidad cambia. Arturo, con las rodillas peladas y la frente mojada, aprieta la pelota contra su pecho, unas manchas blancas y negras que tantas historias han contado para tantas personas en este mundo se mueven al ritmo de su corazón con una intensidad inusual.
La verdad no está tranquilo, se podría decir que hay algo que le pica, hasta que le molesta, y que gira en torno de Felipe, ese niño que hace poco ha llegado al barrio. Vive en aquella casa verde misteriosa, a la vuelta de la única esquina de la calle que vale la pena, esa que tiene el perfecto pedazo de pasto y que a fuerza de costumbre y conveniencia se ha convertido en el lugar idóneo para contar las escondidas. Su familia es algo extraña, viene de otra ciudad, una más grande, y no se decide todavía a entender que es bien probable que lo que detecta como fuera de lo común se deba simplemente a eso, a un barrio distinto, a un colegio distinto y a tanto-tinto que no es más que entendible que le genere una cierta perplejidad. Son sus costumbres -y cuando se dice sus se dice de la familia completa- las que lo alejan de lo que puede digerir… Cómo es eso de que todos lo Domingos la iglesia?. Su hermana mayor, Laura, le provoca una mezcla empalagosa de sentimientos que todavía no está preparado para discernir, intuye que en gran parte la responsabilidad es de sus pechos, faros que le anuncia un mundo que se le avecina y que le provoca ansiedad. No son los primeros pechos que ha visto y no hay explicación para resolver el por qué estos en particular lo confunden y excitan, quizás porque es tan cercana, quizás por ese vidrio invisible que la saca de su alcance, quizás porque los Domingos y la iglesia, bah…
Julia y Loreto abren un chicle y lo comparten, Diego se queda mirando con una cara que evidentemente es de reivindicación contra la injusticia (Diego y Loreto son hermanos). “Pero… Yo también quería!”. Las niñas se ríen y él no sabe si ceder ante la tentación de trivializar el asunto y volver a lo suyo o quedarse indignado ante la desconsideración de Loreto, que ya se está volviendo algo más común de lo que puede llegar a tolerar… Todo esto desaparece cuando Felipe lo sorprende desde atrás subiéndose en sus hombros.
Arturo, frente a este gesto, se siente una vez más pasado a llevar. A esta edad poco importan las razones suficientes y los principios, el cuerpo es el que dicta la acción con su sapiencia filogenética, poco importa que los demás no comprendan las razones de su rechazo. “Felipe es seco pa escalar” le ha dicho Diego, “Las onces en la casa de Felipe son increíbles” comenta Pato… “Me cago en su cara” siente Arturo.
No es de perogrullo que, aunque no recuerde, haya ya soñado cómo Felipe asistía a un almuerzo familiar en la casa de la Teté y le quitaba las palabras que ella tan atentamente le dirige. Las palabras cariñosas y el plato decorado que le corresponde históricamente le ha sido arrebatado y Felipe se comporta tan acorde a la situación… Maldito niño perfecto!
Diego, que es particularmente atento y sensible, después de la conmoción, los dolores y esfuerzos milimétricos, capta perfectamente la expresión de Arturo y muy disimulado acomoda su cuerpo para que Felipe no tenga otra opción que bajarse de encima. Ha sido amigo de Arturo desde que tiene recuerdo disponible y no está dispuesto a arriesgar rencores, nunca ha sabido bien qué hacer con ellos. Felipe cae en sus pies elegantemente y rie, se acerca a Arturo y le pide el balón, Arturo lo mira desafiante y una vez más aparece esa tensión que cada vez estaba haciéndose más consciente para el grupo y que no podía significar nada más que problemas.
El universo de los niños es frágil, pero a la vez tan increíblemente fantasioso que son capaces de rellenar los agujeros con margaritas, panqueques, estrellas o mortadela. Hay tanto que se pierde con la renuncia al juego, tantas formas de manejarse que se pierden entre fotografías, recuerdos y vestigios de relaciones; tanta herencia presente que… Un golpe y un ruido sordo.
“Qué es lo que te pasa, tarado!”, de a poco el lenguaje adulto aparece entre los niños. Julia corre hacia la pequeña polvareda que se levanta en torno al bulto quejumbroso. Arturo no sabe qué decir, hay un entumecimiento general que le afecta hasta el pensamiento, simplemente sigue parado ahí mientras sin darse cuenta suelta el balón y balbucea. La situación le exige decir algo, pero no hay nada que realmente quiera decir, el imbécil se lo merecía, así que se queda tal como está mientras Felipe se incorpora en un codo y lo mira desde el suelo sobándose la mejilla con el otro brazo. Él golpe lo sorprendió y todavía no atinaba con el motivo que explicara por qué debía él estar sangrando adolorido si desde que llegó -hace dos meses ya- sólo había querido hacerlo lo mejor posible para no sentir tan duro el impacto de haber cambiado de vida, y sentía que lo estaba logrando, sentía cuando se acostaba que la vida (cosa nebulosa para un niño de tan poca historia) era tal como su mamá le decía, y que si uno es bueno y atento con las personas entonces no tendría nada que temer… “Amigos se hacen en todas partes” le decía, pero a él le costaba mucho creer.
“Felipe, a comeeeeer!” gritaba Laura desde el balcón, en el palafito verde. El sonido, que le llegaba por la espalda, le pesaba a Arturo como una sentencia. Todo estaba enredado y lo único que captaba era un tufillo a equivocación, una nube invisible que le nublaba la vista y lo hacía temer. Moviéndose con una calma que no reflejaba para nada lo que sentía, recogió la pelota que descansaba en la cuneta y se fue a su casa para no volver a salir en toda la noche.
Y después de comer y no hablar una palabra de lo sucedido con su familia que, como de costumbre, prácticamente gritaban sobre la mesa, Arturo mira fijamente los ojos de su reflejo en el espejo mientras se lava los dientes, tal como lo ha hecho muchas veces, practicando una mirada intimidatoria que le confirmara el poder que deseaba tener, sólo que ahora no era un ensayo, no era un juego, Arturo se miraba con rabia y el cepillo dañaba su boca voluntariamente, arengando su odio.
Otra cosa que naufraga en el pasado: el odio, los cráneos triturados, los peluches mordidos y las paredes rayadas. Los alaridos, las pataletas, las piedras lanzadas y los golpes a lo que se cruce sin explicación póstuma. Arturo ebullía y esa noche soñó con muerte, soñó que ahorcaba a Felipe con sus propias manos.
Los implicados terminaron siendo mejores amigos, pero los cuervos comeojos siguen rondando las noches de Arturo, tal como las de cualquier niño que quiere ser bueno y debe exorcizar a sus demonios para poder vivir suficientemente feliz, para encontrar a sus Lauras y no dañarlas con deseos de placentero sadismo, inseparable del sexo intenso y condimento perfecto para un amor duradero.